¿Por qué no soy feliz?

«No soy feliz» es una de las frases que más redundan en nuestra cabeza y a la que le debemos poner la atención adecuada y bien vale la pena hacerlo.

Cuando platicas con una persona que acabas de conocer suele preguntarte dónde vives, a qué te dedicas y si tienes hijos. Tal parece que estos «datos» nos definen: Yo estudié tal licenciatura, me casé a los tantos años y vivo en la colonia X. Estamos acostumbrados a definirnos (y catalogar a los demás), a partir de lo que hemos estudiado así como de las cosas que poseemos.

Se me viene a la mente un currículum vitae donde escribimos nuestra dirección y la edad así como nuestros anteriores trabajos. Esta información es relevante para un reclutador, quien debe asegurarse de contratar al candidato adecuado para un puesto. Cualquiera podría pensar que la dinámica de mostrar el currículum se limita al campo laboral. Sin embargo, la mayoría de las personas camina por la calle con su «currículum social» bajo el brazo —el que indica su nivel económico, social y académico— para mostrárselo a quien deseen impresionar. La mayoría son profundamente infelices.

¿Cuándo fue la última vez que fuiste feliz y auténtica? Es probable que te remontes a los lejanos días de la niñez. En ese entonces tenías pocas preocupaciones y aceptabas la realidad tal cual se presentaba. Seguías tus instintos y emociones (aunque estuvieras en peligro) y sonreías. La pregunta correcta no sea en qué momento dejaste de ser feliz, sino ¿por qué no eres feliz ahora?

¡No eres feliz por la falta de control que tienes sobre tu vida! Todo lo que sabes y piensas, así como tu forma de actuar están condicionados por influencias externas que te han perseguido desde que abriste los ojos por primera vez.

Estamos tan acostumbrados a mirarnos a nosotros mismos desde afuera que no sabemos mirarnos hacia  adentro.

Por qué no soy feliz

¿Por qué no te atreves a decirle a tu jefe que no estás de acuerdo con él? Porque en la escuela te enseñaron a respetar a tus superiores. ¿Por qué no aceptas que tu matrimonio es un fracaso? Porque en la iglesia te dijeron que te casabas para toda la vida. ¿Por qué asistes a las reuniones familiares que tanto odias? Porque quieres evitar el enojo de tu madre, quien dice que la familia es primero. ¿Por qué no te pones el tatuaje que siempre quisiste? Porque te dijeron que eso lo hacen los criminales. ¿Por qué no te compras esa camisa tan exótica y llamativa que tanto te llama la atención? Porque tus amigas pensaran que estás loca.

Escuela, religión, familia e Internet, son instituciones que han determinado nuestra educación. Crecimos cumpliendo sus normas, amoldando nuestro pensamiento a sus parámetros y conceptos. En buena medida, escuela, religión, familia e Internet, fungen como reguladores de nuestros pensamientos y acciones; por eso se les conoce con el nombre de control social informal.

Su determinante influencia en las emociones se debe a que estuvimos en contacto con ellos desde antes de nacer, ya que nuestros padres se educaron con los mismos parámetros reguladores. Las nociones de obediencia a la autoridad, no cuestionar lo establecido, las creencias sobre lo que es correcto e incorrecto así como los usos y costumbres, se encuentran profundamente arraigados en nuestro ser, de tal forma que rechazamos a quien haga lo contrario o piense diferente.

Responde con honestidad

¿Estás en desacuerdo con el aborto?
¿Ves mal a las personas que viven en unión libre?
¿Rechazas al hombre o mujer de edad avanzada que tiene como novio a un joven?
¿Criticas con severidad a los homosexuales, lesbianas o transexuales?
¿Juzgas a las personas con tatuajes o perforaciones?
¿Crees que la gente pobre no desea trabajar?
¿Repudias a las madres solteras?
¿Te burlas de las personas de la tercera edad que se comportan como jóvenes?
¿Descalificas a quien no tuvo estudios porque consideras que es ignorante?
¿Supones que la mujer valiosa es aquella que llega virgen al altar?
¿Evitas tratar con personas que no profesan la religión católica?
¿Te mofas de quien tiene alguna discapacidad física o intelectual?
¿No te relacionas con personas feas, que tengan piel oscura o algún defecto en el rostro?
¿Agredes a quien se atreva a manifestar su rechazo por los símbolos patrios?
¿Menosprecias a las parejas que no quieren tener hijos?
¿Te dan lástima quienes no festejan la Navidad?
¿Señalas con desprecio a veganos y protectores de animales?
¿Criticas a los pacientes terminales que solicitan la eutanasia para morir?

Si respondiste a más de dos preguntas de manera afirmativa, significa que tu educación te ha condicionado para responder de esa forma. Tus diferencias con estos temas están basadas en valores inculcados por la escuela, la religión y la familia. ¡Date cuenta de cómo te han manipulado!

La «felicidad» según la sociedad

Son muchas las «enseñanzas» que traemos arraigadas. Una de las más terribles es la noción de «persona feliz»:

Mi familia me ha enseñado que yo seré feliz al encontrar un buen marido (o una mujer) para casarme, tener muchos hijos y dinero; cuando organice la cena de Navidad en mi casa nueva; al  comprarme un auto del año; cuando nazca mi primer hijo; cuando vea a mis hijos titularse.

– La religión me ha inculcado que seré feliz al arrepentirme de mis pecados; cuando me una en santo matrimonio; cuando viva según el ejemplo de Jesucristo; al bautizar a mis hijos; cuando rece todos los días antes de comer; cuando muera y mi alma llegue al paraíso.

– En la escuela, los maestros me dijeron que seré feliz al  hablar más de dos idiomas; en el momento que entregue el título universitario a mis padres; cuando sea el más destacado de mi clase; cuando me reciba «con honores»; al tener el doctorado; cuando logre un puesto importante.

El Internet me muestra que la felicidad es tener miles de seguidores en Facebook y You Tube; y debo hacer las mismas acciones que los bloggers: hacer el ridículo, hablar con groserías, ridiculizar a las personas o exponerme a situaciones peligrosas; seré feliz cuando tenga fama, dinero y viaje por todo el mundo.

Nos trazaron un camino a seguir sin importar cuáles son nuestros intereses o desacuerdos. Y concebimos a una persona feliz como aquella que cumple las metas socialmente establecidas. Pero jamás nos enseñaron a preguntarnos: Y a mí, ¿qué me hace feliz? Por el contrario, nos han condicionado para no cuestionarnos a nosotros mismos, mucho menos a las autoridades. Hay una notable tendencia a respetar a las instituciones que nos manipularon: familia, religión y estado.

Lo más grave es que aceptamos esa clase de «felicidad»; la que está por venir, algún día, en el futuro, cuando logremos esa larga lista de objetivos. No te sorprenda que ahora, que llevas varios años recorriendo el camino que te impusieron, descubras que eres infeliz; y que estás rodeada de objetos, situaciones y personas que jamás deseaste.

Manipulación de la publicidad y medios de comunicación

Hay otra influencia que se han dedicado a reforzar esta inalcanzable idea de felicidad. Son los medios de comunicación: radio, televisión, Internet y cine, que influyen de manera decisiva en la formación del concepto «felicidad» y, por ende, de las decisiones que tomamos a lo largo de nuestras vidas.

Analizo durante unos minutos la televisión y percibo sus estrategias manipuladoras. Los espacios publicitarios me están bombardeando de forma reiterativa con un concepto: mujeres y hombres exitosos, rubios, delgados, atractivos y felices. En las telenovelas, la protagonista (que es pobre y buena) se casa con el millonario. En el comercial de automóviles, un hombre bien vestido maneja un auto nuevo; por eso sale con una mujer bella y sexy. Un joven adquiere un moderno celular y en segundos se rodea de amigos. Después se anuncia una marca de cereal, donde una familia feliz desayuna alrededor de una mesa. ¡Son estereotipos que la publicidad nos quieren imponer! Nos hacen creer que, para ser feliz y socialmente aceptados, debemos consumir sus productos.

¿Cuántos comerciales saturados de estos estereotipos de felicidad se insertan en una hora? ¡Demasiados! La repetición es una de las estrategias más eficientes de esta masificación del concepto publicitario «felicidad». Bajo la misma consigna de que tu perro aprenderá a sentarse repitiéndole la palabra «¡siéntate!», la publicidad repite cientos de veces sus comerciales para implantar una imagen estereotipada del consumidor «feliz».

Un enemigo: el capitalismo

El sistema económico dominante es el capitalismo. Y funciona gracias a las ganancias que produce el consumo desmedido. Por lo tanto, es conveniente que tú creas que comprar ropa de marca, automóvil del año, joyería o celular, significa que tienes cubiertas todas tus necesidades y, por eso, ya eres «feliz». Eso no es todo: si ya te compraste los zapatos al último grito de la moda, a la estación siguiente deberás guardarlos y adquirir otros, de un estilo completamente diferente, «para verte bien».

Aunque gastes toda tu quincena en lujos y objetos materiales, jamás te sentirás satisfecho. El mundo de la publicidad está diseñado para que no dejes de sentir la necesidad de consumir de forma desmedida; a cambio obtendrás un instante de placer, pero el sentimiento no perdura. Por el contrario, mientras más tienes, mayores necesidades tendrás por sostener tu estatus; un esfuerzo infructuoso si consideras que sólo así serás «feliz».

Nos han enseñado a desear ser, algún día, aquella mujer (o aquel hombre) que lo tiene todo. ¡Eso es imposible! Yo no soy mi carro, ni mi reloj, ni mi computadora o la marca de mi atuendo. Todas estas posesiones no me sirven para ser feliz. Su función real, al contrario de lo que el marketing indique, es demostrar a los demás (casi a gritos) que creemos serlo. Vivimos en una sociedad de apariencias. Para la mayoría de las personas, lo único que importa es presumir su estatus.

La imagen de éxito y felicidad que muestra la publicidad y que es distribuida por los medios de comunicación es falsa. Jamás se logra: es inalcanzable.

Aprendiendo a ser feliz

El dinero, el consumismo y las apariencias, no dan la felicidad. Al contrario, nos convierte en seres necesitados de objetos materiales así como de estatus social. Estas necesidades tienen un precio y, desgraciadamente, andamos en busca de uno o varios empleos que nos brinden la capacidad adquisitiva para alcanzarlas. El resultado, a fin de cuentas, será un vacío interior pues, ¿en realidad necesitamos ese celular nuevo para ser felices?

Somos esclavos de nuestras cosas. Vivimos para procurarlas, cuidarlas y ostentarlas. La felicidad no consiste en poseerlas, sino en ser libres de ellas. El hombre feliz sabe reconocer sus necesidades reales; las importantes: la salud, la tranquilidad, la estabilidad, el cariño, el calor de un hogar, el abrazo de un amigo fiel, un plato de comida en la mesa, la compañía del ser amado, la realización de un sueño, la satisfacción de trabajar en lo que más nos gusta, etc.

Para llegar a ser felices (libres de la esclavitud de las apariencias), debemos ser conscientes de la influencia negativa de las enseñanzas familiares, escolares, religiosas y publicitarias. Será necesario romper con estos falsos valores para alcanzar una felicidad verdadera y profunda. Reconocer y aceptar que somos seres insatisfechos por la mala educación recibida tiene que formar parte de este difícil proceso que implica volver a nacer: desechar tus creencias sobre el estatus, la aceptación social, los prejuicios y tu actividad de consumo. Es necesario evaluar y modificar tu forma de ver la vida.

Al realizar un inventario de tus sentimientos así como de la clase de vida que estás llevando, es muy probable que llegues a la conclusión de que no eres quien creías ser; y que tal vez no seas feliz. Aceptar esta realidad es el primer paso que te conducirá hacia un nuevo camino, trazado únicamente por ti.

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