El cambio en el mundo comienza por ti

El siglo XX y lo que va del XXI, se distinguen por su marcada tendencia a la violencia y la destrucción en casi todos los países, en todos los ecosistemas, en todos los ámbitos. Este periodo también sobresale por una profunda indiferencia social hacia las tragedias individuales y colectivas, sociales y ecológicas.

Y en el centro de este torbellino se encuentra el ser humano, responsable de la situación en que vivimos. De forma directa o indirecta, consciente o inconscientemente, es (y somos) responsable(s) de las atrocidades que ocurren alrededor del mundo: guerras, limpieza étnica, asesinatos masivos, invasión de países, desigualdad, gobiernos dictadores, pobreza, discriminación, ecocidios, secuestro, esclavitud y tortura (tanto de animales como de seres humanos), por citar algunos eventos cotidianos y terroríficos.

Ante estas circunstancias surge una pregunta en lo más profundo de mí ser: ¿Qué se puede hacer? De forma automática me respondo: No lo sé. Pero ¿de verdad “no lo sé”? ¿O no quiero saberlo? De pronto, me descubro diluyendo el sentimiento. Se escapa de mis pensamientos con demasiada presteza. Estoy aprendiendo a reponerme, a olvidarlo, a dejar de preocuparme. Me estoy convirtiendo en una persona común. Y no lo voy a permitir.

¿Frustración e impotencia?

En busca de retroalimentación platico con mis amigos y colegas sobre la preocupante situación por la que estamos pasando y me llevo una terrible sorpresa. Para la mayoría, los temas caen en el terreno del análisis, lo anecdótico, lo amarillista; otros más, lo refunden en el terreno de la indiferencia. ¡Jamás abordan el sufrimiento de las víctimas! ¡Mucho menos se plantean las posibles formas de ayudarlas! No falta quien diga: “no hay nada que hacer”, o “no te preocupes, Juan, así es la vida”.

Algunas de sus frases son reveladoras del sentir social: “no puedes cambiar al mundo”, “no es mi culpa”, “es responsabilidad del gobierno”, “para eso pago mis impuestos”, “no tengo tiempo”, “y eso ¿a mí en que me afecta?”, “¿por qué tendría que ayudarles?”, “¿en que me beneficia ayudarles?”.

La retroalimentación que buscaba me deja con un sentimiento de frustración e impotencia. ¿En verdad no hay nada que hacer? ¿No podemos cambiar al mundo? Aunque estamos al borde de un colapso mundial, para el común denominador la respuesta se reduce a su propia mentalidad: miserable, mediocre, insensible y banal, por decir lo menos.

La esfera de cristal

Las personas convencionales han diseñado una imaginaria esfera de cristal con la que filtran la realidad. Gracias a ella, ignorar o minimizan los acontecimientos que ocurren a su alrededor. Se sienten protegidos, asumiendo que jamás les pasara lo mismo que a los demás; los insensibiliza para que no se involucren, ni les importen las crisis humanitarias, económicas o ecológicas. La indolencia los define. La inacción los señala. La frivolidad los une.

Es lamentable que la mayoría de las personas piensen únicamente en su propio bienestar; no les importa lo que ocurra con los demás. Mientras estén bien, el mundo puede venirse abajo. En una sociedad que rinde culto al individualismo, no hay lugar para las desgracias ajenas, mucho menos para el sufrimiento. Solo existe el “yo”.

El hombre mediocre no tiene idea del bien común, ni del sentido de responsabilidad social.

Juan-Chia--Que-se-requiere-para-cambiar-al-mundo-2El cambio comienza con uno mismo

¿Tú eres  de los que no se sienten responsables de nada y sólo observan cómo se derrumba el planeta? ¿Por qué hemos permitido que la indiferencia se apropie de nuestra ética personal? ¿Desde cuándo nos sentimos seres apartados de la naturaleza? ¿Ignorar nuestra responsabilidad social es lo que enseñamos a nuestros hijos? ¿Cuál es el futuro de nuestro hogar, la Tierra?

No debes cegar tu capacidad de observación, ni sustraerte de las emociones que te generan, mucho menos evitar la indignación o la misericordia. Concentrarte en tu desarrollo personal o profesional, no debe transformarte en un individuo ciego, ni egoísta. Es absurdo tratar de ser feliz ignorando lo que ocurre a tu alrededor. ¿Pensabas caminar satisfecho y contento por tus logros personales o económicos, mientras a tu lado hay seres (animales y humanos) sufriendo? La inteligencia no sólo sirve para ser feliz y alcanzar tus objetivos, también funciona para transformarte en un mejor ser humano. Y como tal debes actuar. Siempre, en la medida de tus posibilidades, actúa a favor de la vida, del bienestar de los seres humanos y de los animales, no se diga del medio ambiente.

Por su nivel evolutivo, el ser humano lleva las riendas de la vida en la Tierra. En lo individual, tus acciones sí importan y tienen repercusiones (mayores de las que te imaginas); las buenas y las malas. Todo lo que ocurre en el mundo nos llega a afectar. Tarde o temprano, de forma directa o indirecta, experimentamos sus consecuencias. Con ese mismo efecto de reciprocidad, tú puedes influir en él. Cada una de tus acciones contribuye de manera significativa en la conservación de la naturaleza, en mejorar la calidad de vida de tus congéneres y en la procuración de justicia a nivel global.

A favor del bien común

Al brindar ayuda a otros seres, tu existencia tendrá un sentido trascendental. De hecho, quienes logran una existencia plena siempre dan la mano a otros para que alcancen sus propias metas. Tu participación en el bienestar colectivo te dará algo que ni el dinero, ni la fama o el éxito proporcionan: la gratitud y el cariño de las personas.

Las acciones altruistas brindan una enorme satisfacción, siempre y cuando se realicen de forma espontánea y desinteresada. Es por esta razón que no debes actuar para obtener prestigio o admiración. Tampoco te engañes pensando en limpiar tu conciencia, ni mejorar tu estatus social o económico.

Te invito a que seas un factor de cambio a favor de las causas nobles y en defensa de la vida (en todas sus manifestaciones). Si te preguntas en qué medida debes hacerlo o en qué área, te responderé que ese nivel de responsabilidad se mide de acuerdo con tus posibilidades y tiempo. Explota tus mejores cualidades en beneficio de los demás. Ayuda a quien puedas, siempre y cuando no sea en detrimento de tu persona, ni de tu patrimonio.

Te invito a ser agradecido con la vida, generoso y activo. El mundo te lo sabrá agradecer. Si tú cambias, ¿por qué el mundo no?

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